Desapego
Uno de los momentos que más preocupa cuando estamos por iniciar la vida escolar es el tan conocido proceso de adaptación. Y después de acompañar a muchas familias, hay algo que puedo asegurarte: cada familia vive un proceso único.
Un bebé puede aferrarse a mamá o papá, pedir brazos, hacer pucheros o llorar al momento de entrar. Sin embargo, también, hay quienes parecieran haber nacido para ir a la escuela y desde el primer día entran y salen con una sonrisa.
Y después de dejarles, es completamente normal que aparezca la duda: «¿Estará bien? ¿Será demasiado pronto?»
Para entender por qué a veces hay llanto, hay que mirar cómo funciona el cerebro en la infancia entre 1 y 4 años. A esta edad, su noción del tiempo aún se está desarrollando y apenas se está asimilando lo que los psicólogos llaman «permanencia del objeto». Es decir, para un infante, si su familia o cuidadores no están en su campo visual, puede sentir que desaparecieron para siempre.
Además, el cerebro infantil necesita sentirse a salvo para poder aprender. Cuando un ambiente es nuevo, su cerebro enciende una «alarma». La adaptación es, precisamente, el proceso neurológico y emocional de apagar esa alarma, bajar el estrés y empezar a construir vínculos seguros con el equipo docente.
La manera en la que se vive el momento de la despedida no nos dice, por sí sola, cómo será su proceso de adaptación. Hay quienes lloran al separarse, pero minutos después su sistema nervioso se regula, juegan y exploran. Y hay quienes entran felices, pero igual necesitan tiempo para adaptarse a la rutina.
Para ayudar a tu peque (y a tu propio corazón) en ese momento de la puerta, te recomendamos lo siguiente:
El cerebro ama la rutina porque les da seguridad (predictibilidad). Puede ser un choque de manos, un beso en la frente o una frase especial («Te dejo para que juegues, mamá/papá regresa en un rato»).
Aunque creas que le evitas el llanto, desaparecer de pronto genera muchísima ansiedad e inseguridad («¿En qué momento mamá/papá se puede esfumar?»). Siempre despídete, aunque haya lágrimas.
Prolongar la despedida solo alarga la angustia. Agáchate a su nivel y dile: «Entiendo que estás triste y te cuesta despedirte, es normal. Te dejo con tu miss que te va a cuidar y se van a divertir mucho, nos vemos después de comer».
Adaptarse no significa simplemente «dejar de llorar». Significa que reconozcan el espacio, se familiaricen con quienes les acompañan, entiendan las rutinas y encuentren seguridad.
Por eso, más que contar los minutos que ha llorado desde que llegó, lo importante es observar qué pasa durante el resto de su día:
La adaptación es un camino que se transita paso a paso, con paciencia y respetando la madurez emocional en cada niño, niña y familia.
En Toma Nota llevamos 13 años acompañando este proceso: algunas familias más relajadas, unas más aprensivas, otras primerizas. ¿qué nos hace diferentes? Brindar acompañamiento desde el respeto, el cariño y la transparencia, logrando que con el tiempo nuestras alumnas y alumnos se sientan con total confianza para descubrir el mundo y ustedes tengan la tranquilidad que necesitan.
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